Héroe de la guitarra

Crítica Joe Bonamassa. El neoyorquino mostró su habilidad con el instrumento, por momentos un torbellino sonoro.

31.05.2012 | Por Marcos Mayer especial para clarín

Como casi ningún instrumento, la guitarra eléctrica propone la utopía de que no existe límite que no se pueda traspasar. No sólo por toda la serie de recursos técnicos que ha ido sumando a lo largo del tiempo (pedales, wah-wah, micrófonos internos), sino también desde una perspectiva si se quiere ideológica y que se resume en una figura que ha llegado incluso a la Play Station: el guitar hero, o sea ese prócer musical capaz de salir triunfante del desafío de encontrar nuevos e increíbles sonidos.

Es el protagonista de esos duelos de destrezas, velocidad e imaginación que retrata, por ejemplo, la película Encrucijada. Un guitarrista, según esta mitología, nunca renuncia al centro de la escena. A esta especie pertenece Joe Bonamassa que, desde una reformulación heavy metal del blues, hizo de su recital ante un Coliseo repleto un despliegue abrumador de un catálogo inagotable de formas de caminar o correr sobre las cuerdas.

A esa estirpe de protagonistas de la guitarra pertenece este neoyorquino cercano a la cuarentena que jamás se quita los anteojos oscuros. Tómalo o déjalo. O se pertenece a la legión de fieles (la mayoría de los cuales sigue cada tema moviendo la cabeza hacia adelante en señal de acompañamiento y al mismo tiempo de aprobación) o uno se queda irremediablemente afuera. Aunque Bonamassa ejecute proezas difíciles sobre las cuerdas, su música carece de complejidad. La atracción, el valor casi exclusivo del show son sus dedos, su instrumento, de vez en cuando algún gesto como los cuernitos o la convocatoria casi innecesaria al entusiasmo, con el que cuenta desde el mismo inicio.

Entonces todo transcurre como un torbellino de notas, riffs, ritmos cortados, donde hay poco lugar para los remansos. Que suelen aparecer en el comienzo de los temas para irse enfureciendo y acelerando a lo largo de la interpretación. Hay una breve alusión a Tears from Heaven, de Eric Clapton, con quien alguna vez tocó Bonamassa. Pero, a diferencia del mítico fundador de Cream, no le da descanso a la guitarra, como si siempre le estuviera exigiendo más en un combate donde siempre el intérprete termina por imponer su voluntad. Si hubiera que buscarle un símil, se podría decir que Bonamassa es como un Van Halen del blues.

El grupo que lo acompaña provee como una especie de telón sonoro para que se escuche la guitarra, no hay solos con excepción de lo que cede al baterista Tal Bergman, que toca con unos guantes negros de vivos blancos que de lejos parecen de cuero. Y lo hace con tal intensidad, que en un par de oportunidades se desprenden los platillos y debe entrar de urgencia un asistente a ajustarlos. Pero se ve que Bonamassa lo considera su compañero de aventuras ideal, porque alza su copa de agua mineral para celebrar su solo en el segundo de los bises, en el que aparecen alusiones a Perro negrode Led Zeppelín. Como antes las hubo a Miles Davis (de su época jazzrock), a B.B.King o a Buddy Guy, aunque es evidente que Bonamassa busca transitar otros caminos.

Al cantar, cuando el sonido no abruma, muestra una voz cálida, un poco roñosa, algo sentimental, pero que no alcanza a pesar en la propuesta general que es básicamente instrumental. Y allí, sale victorioso del desafío de mostrarle a todos que, antes que otra cosa, Joe Bonamassa aspira a ser un héroe de la guitarra.

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